Ballena azul: consejos para padres de un psicólogo especializado en adolescentes Destacado

  • 08 Mayo, 2017
  • Publicado en Vida y Ocio
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Los chicos envían señales que hay que aprender a mirar.

 

La ballena azul existe y tiene triste entidad fuera del perímetro de los mares porque hubo, hay y habrá adultos perversos en un mundo enfermo. En otro orden- y éste es el que sí podemos cambiar- adultos que miran sin ver y niños en sombra.

No voy a hablar en esta nota sobre este juego perverso, no demasiado. Mucho se habló en estos días sobre esto en medios gráficos, televisivos y radiales. Todos sabemos que es un juego macabro, ideado por mentes enfermas, y potenciado por la viralidad de las redes sociales. No voy a preguntarme cómo no fue prohibido, ni como la ingeniería informática no detectó responsables. No dejaré flotando la pregunta de cómo es posible que pasen estas cosas.

Sí quiero que tratemos de entender qué podemos hacer nosotros, los adultos, padres y docentes para cuidar a estos chicos que son invitados al horror y van como soldados desarmados.

Escucho hoy medidas que se implementarán desde los distintos ámbitos, (educativo, gubernamental, etc.) y me pregunto por qué, por qué llegamos siempre un poco tarde. Y nos siguen matando chicos y nosotros a veces mirando sin ver. No porque no queramos, sino porque en la era de lo multitask tan ocupados estamos en lo urgente que se nos escurre lo esencial.

Lo digo siempre: los chicos no nos escuchan todo el tiempo pero no dejan de mirarnos y a veces esta mirada no les retorna como ellos necesitan. Siempre hay señales antes de que lo grave suceda, indicios que dan cuenta de que algo terrible puede suceder.

Para entender tengo que decirles que hay una serie de rasgos que se potencian en la adolescencia, momento de la vida maravilloso y complejo, tanto lo uno como lo otro. En este momento de la vida, la omnipotencia propia del ser humano, la vivencia de fragilidad, la excesiva dependencia de la mirada del otro, y la intensidad extrema en el sentir se amplifican sobremanera. El adolescente no tiene matices, para él es blanco o negro, norte o sur. Los términos medios no existen, o bien la felicidad más profunda o bien el sufrimiento más espantoso.Un adolescente pasa natural y normalmente del éxtasis maravillado por lo fantástico de la vida a una congoja profunda en la que teme y siente que su mundo puede derrumbarse.

En la adolescencia es peligrosamente común el pasaje al acto. Esto es, en lugar de tramitar y gestionar una estrategia para resolver lo que lo aqueja, actúa y toma decisiones impulsivas, y corre riesgos al borde de la muerte misma muchas veces.

Por favor entendamos, sin que más lápidas nos lo recuerden, que el desafío adolescente es tomar distancia de la mirada primordial de los adultos que lo acompañaron desde su nacimiento. Romper los límites es el patrón, y si no hay miradas cercanas que acompañen este camino, esta incursión pude devenir en tragedia. El gran desafío es poder estar lo suficientemente cerca como para cuidarlos, pero lo suficientemente lejos para no asfixiarlos.

Hace unos años se puso de moda en las redes sociales un “juego” (NekNomination) en el que los jóvenes se filmaban tomando alguna bebida alcohólica (cuanto más fuerte y extraña mejor) y nominaban a amigos a hacer lo mismo. Hubo varias muertes por sobredosis y coma alcohólico hasta que los adultos tomaron los recaudos para que deje de circular. ¿No aprendemos más?

Siempre digo a mis pacientes y en las charlas a los chicos que se animen a correr riesgos, pero riesgos saludables. El riesgo de amar, el de apasionarse por un proyecto, el de equivocarse por convicción sana. Pero no es esta nota para los chicos, es para los grandes, que no estamos pudiendo hacer nuestra tarea, por motivos varios, no estamos pudiendo.

Cuando hablamos de vivencia de fragilidad, es importante marcar que la construcción de la personalidad se da fundamentalmente en los primeros años de vida y hay una etapa esencial que es desde la pubertad (11,12 años) hasta el final de la adolescencia -etapa que en los últimos años y por fenómenos que no vamos a detallar acá comienza cada vez más tempranamente y termina en forma más tardía-.

Nuestros chicos y chicas son especialmente sensibles a la mirada del otro y estos otros somos los adultos y son sus pares. Cuanto más podamos desde los primeros años ayudarlos a construir una autoestima (la relación con uno mismo) sólida, fibrosa y fuerte, mayores defensas tendrán los chicos frente a los embates de los grupos de pares.

En las redes sociales se multiplica geométrica, exponencial, demencialmente la posibilidad de lastimar y hacer daño. Un adulto bien plantado en su eje tiene herramientas para defenderse de la mirada cuestionadora del otro y tiene el juicio crítico suficientemente instalado como para poder diferenciar aquellos retos que son saludables de aquellos que tienen que ver con lo mortífero.

El adolescente paga por la presión de pares, por el pertenecer a un grupo, precios altísimos e irracionales simplemente, sencillamente, para no quedar por fuera. Muchos chicos viven situaciones de índole sexual que no elegirían vivir o prueban sustancias que no elegirían probar por la única prebenda de ser invitados a formar parte de un grupo.

La ballena azul, este juego perverso, demencial, juego del miedo, maquiavélico y siniestro tiene como eje estos pilares de la adolescencia en donde el desafío es ver cuán valiente se es, probar/se de cuánto se puede ser capaz. Si se trata de medir fuerzas, el adolescente es siempre tentado por esta propuesta.

Todos tenemos siendo adultos conciencia más o menos relativa de nuestros límites. En mi caso en particular yo no podría inscribirme en una maratón para correr dentro de un mes porque a los cinco kilómetros tendría que ser retirado en camilla. Si quisiera hacerlo tendría que entrenar durante varios meses, dado que mi estado físico y deportivo no es el óptimo para poder participar en un evento de tales características.

Un adolescente ante el desafío de ser inscripto en una maratón y cuando sus amigos le dicen “a ver si vos te animás”(y mucho más si esto es desde las redes), con mirada desafiante respondería “claro que sí, no me toques el orgullo, yo voy a poder”. Rápidamente se entusiasma ante la posibilidad de un triunfo que lo lleve a la cima y se expone con el riesgo mucho más allá de lo que su cabeza y su cuerpo le permiten.

Hablamos de la omnipotencia, hablamos del no medir peligros, hablamos del pensar que puede mucho más, de creerse inmortales, cuando los chicos juegan y coquetean con, nada menos, que la muerte. El yo lo manejo es la frase por excelencia del adolescente: “Quedate tranquilo papá, quedate tranquila mamá, yo tomo pero lo manejo, yo sé lo que hago, yo me sé cuidar”.

Y mentira, no saben cuidarse. Todavía son chicos, son chicos grandes. Chicos a los que la ropa de adultos les va holgada y la ropa de chicos les va ajustada. Etapa de transición compleja en la que necesitan más que nunca la mirada de los adultos.

Tenemos que estar los padres desde los inicios, desde que son pequeños desde que empiezan a dar los primeros pasos. Repito: lo suficientemente cerca para cuidarlos, lo suficientemente lejos para no asfixiarlos.

Un adolescente que llega al suicidio dio infinidad de señales antes, que los padres, por estar metidos en la vorágine, por no poder ver -no por no ser amorosos, en la mayoría de los casos, no por no querer profundamente a este hijo-, niegan, no interpretan, no pueden diferenciar. Los chicos dan señales, los chicos nos tiran el humo en la cara a los adultos y a veces los adultos tosemos sin mirar que ese humo que nos está asfixiando viene de nuestro propio hijo.

Estos canallas, estos delincuentes que invitan a los chicos a pruebas de muerte en un juego macabro como en la película "El juego del miedo", por supuesto que no miden riesgos, por supuesto que están en el plano de la criminalidad, lo delincuencial y el sadismo. Tenemos que saber los adultos que en el adolescente, que en el joven, esta necesidad de copiar lo que la masa hace se potencia.

Un chico me contaba hace poco que él no toma alcohol y en los bailes, en las fiestas, agarraba una lata de alcohol y la paseaba vacía para que los amigos no pensaran que estaba tomando otra cosa. Y cuando nadie lo veía tomaba agua del baño a escondidas para calmar su sed.

No podemos los adultos permitir que nos sigan matando a nuestros chicos. A ver si de una buena vez revertimos esta generación de padres y adultos tibios que miramos impávidos y después no entendemos rasgando nuestras vestiduras e implementando medidas cuando es tarde. El control parental no pasa por jaquear las contraseñas de nuestros hijos en las redes sociales. El control parental pasa por un uso saludable de la palabra. Que nuestros chicos sepan que ante la menor cuestión que los acongoje, que los preocupe, pueden recurrir a nosotros, que nosotros tendremos el tiempo de mirarlos a los ojos, tiempo de escuchar con poros abiertos lo que nuestros niños necesiten.

Una vez más escribo desde el dolor, una vez más escribo desde la preocupación como padre y como profesional de la salud mental, una vez más me cuesta entender qué hacemos mientras miramos pasar el “no te metás”, mientras nuestros chicos mueren.

Cuando un chico busca en un desconocido la aprobación, aunque sea a través del espanto, de mutilarse, de flagelarse, de poner su vida en juego, es porque se siente muy solo. No me canso de decir -lo repito en cada una de mis charlas- que esta hiperconectividad en que estamos todos tan cerca a través de las redes sociales no es otra cosa que la máscara que encierra una pandemia de soledades. Los chicos en las charlas dicen, con la confianza de quien se siente escuchado, confiesan allí, lo solos que se sienten. Los chicos se sienten solos y si se sienten solos es porque hay adultos que no están en condiciones de mirarlos.

Entonces, cuando la invitación al horror es respondida desde el silencio sufriente es porque la soledad se ha hecho carne. Los chicos no mueren por este “juego macabro”, los chicos mueren porque la soledad que potencia todos estos rasgos de la adolescencia que nombraba antes y lo llevan al extremo de querer terminar con sus vidas para dar final al sufrimiento.

Pongamos -por favor, pido- nuestro cuerpo, nuestras orejas, nuestras manos, nuestro cuero al servicio de escuchar lo que los chicos necesitan. Tomemos las señales en este complejísimo equilibrio que la paternidad y el contacto con los chicos requiere, para poder escuchar a tiempo y no cargar más con las víctimas que nos recuerden que debemos ocuparnos de cuestiones que están ahí.

La ballena azul se mueve por instinto, los seres humanos tenemos la palabra. Por favor, pido que hagamos un uso saludable de ella, de la palabra dicha, de la palabra escrita, de la palabra puesta a circular en las redes sociales, por nuestros chicos, pongamos palabras a lo que pasa.

Cuidemos que no intenten trocar, a veces desesperadamente, los pilares de las certezas de la niñez por riesgos inútiles e intemperies silenciosas. Acompañemos ese pasaje, cuidarlos es darles estructuras para que construyan nuevas dudas, que con el tiempo los abrigarán y serán nuevas certezas.

Que cruzar la frontera no va a ser sin miedo, pero el miedo es el motor del soñar y crecer. Nuestros chicos, lo digo una vez más, no nos oyen todo el tiempo, pero no dejan de mirarnos.

Por favor, pensemos, hay un debate pendiente, serio, profundo, desde el alma. Y la impotencia, la impotencia, decía Balzac, es el suicidio de lo cotidiano. Y digo suicidio sabiendo que no es palabra cualquiera en este debate que por nuestros chicos nos debemos.

*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni y coautor de Padres a la obra.​

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