Cómo protegerse de familiares tóxicos Destacado

  • 29 Marzo, 2017
  • Publicado en Vida y Ocio
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Los vínculos intrafamiliares suele ser uno de los motivos más frecuentes de consulta.

 

Cuando se trata de la vida familiar, todos tenemos buenas intenciones. En principio, queremos lo mejor para los nuestros, tratamos de protegerlos, de ser los mejores padres, los más abnegados esposos... para ellos, los que queremos, lo mejor. Pero si todo fuera tan claro y tan rosa, los consultorios psicológicos no estarían poblados de personas que sufren porque los vínculos esenciales no funcionan como todos quisiéramos.

Sencillo y bello nos gustaría; complejo y árido, suele ser a menudo.

Para muestra, un botón, en el living de una casa, puede ser la de cualquiera de ustedes, quizás la escena les resulte natural…

Un muchacho de unos 30 años sentado en el sillón de su casa. Se lo ve nervioso, solo él sabe lo que siente en ese momento. La saliva se desliza con esfuerzo titánico intentando atravesar los conductos de la laringe, los puños se crispan, una extraña transpiración aparece y no tiene nada que ver con la temperatura ambiente.

Intenta, en vano, recordar aquella clase de meditación que tomó hace años en ese hotel en las vacaciones en Punta Cana ("¿ommm y que más que tenía que repetir?").

—Discúlpame mi amor, voy un minuto al baño —se encierra, respira hondo, los recuerdos se agolpan como cataratas—.“Chicos, les tengo una sorpresa, cambié de lugar los muebles del dormitorio, y les puse cortinas nuevas, ahora tienen mucho más luz, menos mal que está mamita, era re oscura esta habitación antes. Y acomodé el aparador, era un lío eso ¿qué harían sin mí?

No logra recordar el mantra, tiene que volver. Recapitula, mira a su mujer y repite la última frase que escuchó, como esperando estar equivocado.

—¿Tu mamá viene a quedarse una semana acá porque va a pintar su casa y le hace mal el olor?

Recupera el semblante, la adora a su mujer, cuando se enamoró de ella hace 15 años, su madre era un personaje simpático, querible y protector. Ellos, dos chiquilines que de alguna manera agradecían y a quienes esa “supermamá” que todo les resolvía les era funcional. Pero crecieron y las ganas de tener espacios propios se vio entorpecida por aquello que en otros tiempos era fantástico. Con el tiempo ponerle límites se les hacía más difícil y, lo que es peor, cada vez Matilde (así la nombraremos) ocupaba más y más lugar en su cabeza. Llegó a obsesionarse con ella y la sola presencia era motivo de discusión y conflicto con su mujer. Hasta pasaron por entrevistas de pareja -allí los conocí yo- a raíz de esto.

—¿Ustedes me consultan y piden ayuda terapéutica porque tiene una madre/suegra invasora a la que no pueden ponerle límites? ¿Eso es todo? —fue mi primera intervención tras escuchar su relato.

Les expliqué, y comparto con ustedes, un concepto que se utiliza en la magia: la miss direction (amé la magia desde muy chico, la ilusión de pensar que era posible, la fascinación de dejarme sorprender. Y sigo disfrutando de este arte hoy en día, con ojos de niño).

Una de las estrategias del prestidigitador es la de llevar la atención del público hacia un punto para que con la mano que no está en el centro pueda hacer la “trampa”. Los sentidos se dirigen al lugar donde lo más importante no está sucediendo, aunque el mago nos haga creer lo contrario.

Nuestra mente es una gran prestidigitadora y, a menudo, nos tiende trampas en donde nos “distrae” con artilugios llevando nuestra energía hacia lugares, situaciones o personas que no son en realidad el centro de nuestra angustia, preocupación y desvelos.

En la magia, bienvenido sea porque es parte del juego. En cuanto a lo anímico, es bueno y preciso diferenciar cómo son las cosas verdaderamente.

En el caso de esta joven parejita, y en muchos otros, Matilde ocupaba un lugar esencial porque ellos como pareja, como “bloque de dos” no estaban firmes. Cuando los conjuntos se encuentran sólidos, cuando las individualidades son firmes “los de afuera” hacen mucho menos daño que lo que en este caso, y en tantos otros, sucede.

El problema muchas veces es el espacio que estas personas ocupan en nuestras cabezas, el lugar que les dedicamos. El poderoso en estos casos se vuelve tal por los atributos que le conferimos desde la presencia casi permanente en nuestro aparato anímico. Lo que podría ser tan solo una tarde, o un fin de semana a lo sumo, se transforma en un suplicio por el que sufrimos durante semanas, rumiando, enfermando a menudo.

Escribí hace muy poco en este mismo sitio sobre las enfermedades psicosomáticas. Los vínculos intrafamiliares y el mal manejo que hacemos de la energía que estos nos generan suelen ser uno de los motivos más frecuentes de consulta.

La intensidad de la molestia es directamente proporcional al permiso que nos otorgamos de estar permanentemente pensando en esta persona. Quiero decir, una madre invasiva, un padre autoritario, una tía sobreprotectora, un primo hiper-verborrágico, un hermano agresivo, o algún familiar con algunas de estas características o, en el peor de los casos, todas juntas, cobran más peso en nuestra vida si nos “obsesionamos" con su presencia. Están presentes cuando llaman o vienen de visita, pero los convocamos en nuestro pensamiento intoxicándonos con el malestar mucho más tiempo del que debiéramos.

Por ese mismo afecto que nos une con ellos, en un intento por mejorar los vínculos, y porque a pesar de todo los queremos, tratamos de sumar e intentamos que todo vaya mejor.

Aquí, otra historia:

—Hacemos el cumple de mamá en casa, es una vez al año ¿te parece?— propuso él.

Ella es esta vez la que respira hondo, una y otra vez. Aceptó, por amor a su marido.

El día del festejo, los invitados se van pasada la medianoche. Pero la homenajeada y su esposo siguen allí, cómodos ambos. Con el correr de las horas, se genera una relación inversamente proporcional entre el cansancio de los dueños de casa y el ánimo creciente de Nelly y Tito. No son precisamente sensibles a los bostezos, es más, con la confianza de los años de relación, van a la cocina a preparar más café, para poder seguir con la velada.

¿Qué hacer en este caso? El silencio es una opción posible. Se darán cuenta, tarde o temprano, de que ya el encuentro terminó, pero en estas ocasiones suele producirse más bien tarde el insight de las visitas.

Desde ya, está totalmente contraindicado continuar conduciéndose como amables anfitriones y seguir animando una grata conversación, ya que no querrán irse hasta varios días después.

Los dueños de casa acababan de ser padres y tenían un intercomunicador de bebés con dos terminales: una estaba ubicada cerca del pequeño transmitiendo los ruidos que éste emitía, y un receptor que los padres llevaban con ellos para monitorear que todo anduviera bien con el querubín. ¿Adivinan qué pasó?

Imaginan bien: la joven pareja fue a la pieza del bebé a realizar un concilio para aunar estrategias que aceleraran la retirada de la familia y así poder descansar, pero no repararon en que estaban hablando de “estos pesados que no se dan por enterados de que son las 3 de la mañana y queremos dormir” con el intercomunicador prendido, y el receptor haciendo de altavoz delator en el sillón mismo donde estaban, acomodadísimos, los abuelos de la criatura que facilitó involuntariamente el desenlace de la historia. Como decía el Chavo del 8 “Fue sin querer queriendo”.

Los psicoanalistas sabemos muy bien que estos “accidentes” no son del todo casuales. Cuando volvieron al living, las visitas, ya no estaban. Y costó reanudar relaciones.

Herramientas para combatir el malestar nuestro de cada día
¿Podemos hacer cosas para sentirnos mejor? Claro que sí.

Los celos, la envidia, la escasa capacidad de ponerse en el lugar del otro, las dificultades para ser solidarios y colaboradores, todo eso existe en las constelaciones familiares.

Pensemos cuál es el motivo generador del malestar e intentemos no dar por hecho que las cosas seguirán igual. Se sorprenderían los lectores de saber cuán frecuentemente relaciones que parecen condenadas a un perpetuo sufrimiento revierten y mejoran con la presencia de un diálogo que no estuvo desde un inicio.


Simplemente, intentemos hablar.

El otro no tiene necesariamente manera de saber (aunque nos parezca muy obvio) los motivos de nuestro padecer. “Lo esencial es invisible a los ojos", decía El Principito. Hablemos entonces de lo que nos molesta, de lo que nos hace sufrir, de lo que quisiéramos que el otro intente cambiar para sentirnos mejor.

Y oigamos lo que el otro tiene para decir, ya que a menudo también podemos llevarnos sorpresas.

Una muchacha de 30 años protestaba y protestaba por la distancia que su madre ponía en el vínculo (“no es cariñosa, no se acerca, nunca pregunta qué necesito"). Se quejaba y no hacía otra cosa que masticar la bronca. Insisto en que lo hable con ella. Finalmente lo hacen en el marco de una entrevista vincular dentro del espacio de la terapia. La madre, genuinamente angustiada, confiesa que siempre sintió desde la adolescencia de su hija que ella le tenía resquemor, que no sabía cómo acercarse a ella, que ponía distancia. Pude explicarle a esta madre que todos los adolescentes lo hacen, pero que este momento era otro, y esta hija pedía cercanía. Y pudieron, claro que pudieron.

Desde la palabra a veces no es suficiente, pero sin ella es imposible e impensable el cambio.

Revisemos también qué de nuestra parte quizás esté alentando al otro a tomar conductas inapropiadas.

A veces podemos sin darnos cuenta generar en el otro aquello que más nos perturba, en espejo, con las mejores intenciones, pero con poca claridad.

Tenemos una sola vida y esto de andar paseando el sufrimiento es una manera de perpetuarlo.

Cada uno es como es y anda siempre con lo puesto, aunque puede cambiar de atuendo si se lo propone.

La mayor parte de nuestro sufrir es lo que imaginamos que puede pasar, la realidad suele ser -muchas veces- más benévola que nuestros pensamientos.

No hay nada más lindo que la familia unida, es cierto, pero unidos no es pegoteados.

Palabra en acción, respiremos hondo y veamos, simplemente, la manera de vivir cada día un poco mejor. ¡Suerte en la tarea!

*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni y coautor de Padres a la obra.​

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